Hace dos semanas del desastre, y el barro. La pesadilla.
Saqué un cuerpo. El primer día, y sacamos un cuerpo. Sin poder llorar del impacto.
Han pasado dos semanas, pero el olor del fango mezclado con aceites y muerte no se me va del pelo, de la piel, de dentro.
Es terrible. Y eso que hemos tenido suerte, que a nosotros no nos ha afectado.
Pero a otros sí.
Conocidos y desconocidos, qué más da. Sabemos que las cifras dadas no son reales y que el desastre va más allá de un par de semanas paleando fango y limo. Van a pasar años. Años, hasta que de verdad podamos decir "nos hemos recuperado". Y habrá -hay- quienes no puedan -pueden- decirlo.
Es carne de pesadillas. Sigo sin dormir bien estando sola. Estaba frío, y todavía sin hincharse. Pero los ojos. Joder. Los ojos. Esa mirada de vidrio, con un grito de desesperación grabado en ellos. Apagados, muertos, y gritando por auxilio. Sigo teniendo pesadillas con ellos.
En otro orden de cosas -sí, por favor, algo bueno entre el desastre-, he conseguido un hogar para Parches. Mi mini michina blanquita con manchitas y sus tres meses y medio de cariño y carácter tiene casa definitiva y un hermano mayor y tardaron veinte minutos en olerse sin bufarse y una hora en correr juntos por el pasillo. Un día en dormir sobre la misma manta. Dos días en dormir tocándose y limpiarse entre ellos. Obi Cat Kenobi y Parches Amidala -yo sólo la llamé Parches, me lavo las manos del resto- se llevan bien y están felices.
Y el dueño y yo, más.
Pequeñas cosas bonitas que pasan entre temporales.
Qué horrible todo, pero hay rayitos de esperanza que calientan por dentro, reconfortantes.